ROCINANTE 150

2 Rocinante 23 DE ABRIL Agradecimiento a los libros ■ Stefan Zweig A quí están, resignados y callados. No insisten, no llaman, no piden. En su estante están, y esperan, silenciosos. Una som- nolencia parece envolverlos, y, sin embargo, de cada uno de ellos mira un nombre como un ojo abierto. Al acariciarlos con la vista, con las manos, no nos llaman suplicando, no se dan im- portancia. No piden. Están esperando que nos entreguemos a ellos; solamente entonces se ofrecen. Primero, tranquilidad alrededor de nosotros, tranquilidad en nosotros, luego esta- mos dispuestos para ellos: una noche, al regreso del camino fatigoso; un mediodía, cansados de los hombres; una mañana nublada que se abre entre sueños visionarios. Deseamos pla- ticar con alguien y sin embargo estar solos. Deseamos soñar, pero con música. Con el gusto epicúreo anticipado de la dulce prueba, nos acercamos a la biblioteca. Cien ojos, cien nombres, clavan la vista en nuestra mirada escudriñadora, silenciosos y pacientes, como las esclavas de un serrallo en su dueño, espe- rando con devoción la llamada, y felices de ser elegidos, de ser gozados. Y de hallar luego, como cuando el dedo pasa tantean- do sobre las teclas del piano, el sonido exacto de la melodía interior: flexible se sujeta a la mano este ser blanco, taciturno, este violín silencioso del que emanan todas las voces de Dios. A

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