ROCINANTE 124

A A penas él le amalaba el noema, a ella se le agol- paba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsio- narse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimal- ciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era ape- nas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encres- toriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las má- tricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y máru- los. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niola- mas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias. Capítulo 68 (Fragmento de la novela Rayuela, de Julio Cortázar)

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