Ensayo sobre la experiencia de una lectura imposible.
Fernando Barcena.
La relación del maestro con el discípulo es la misma relación de la palabra, cuando en ésta lo inconmensurable se hace medida y la irrelación, relación.
Maurice Blanchot (1976,11)
La historia será «efectiva» en la medida en que introduzca lo discontinuo en nuestro mismo ser.
Michel Foucault (2000,47)
En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte.
Susan Sontag (1996,39)
«Una vez escribió Hannah Arendt que parte de lo que nos empuja a amar el mundo es consecuencia de la buena fortuna en la elección de nuestras compañías entre los hombres, entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. Pues es una suerte poder elegir los libros que leemos y también a los amigos, aunque a veces la amistad es una sorpresa que asalta cuando menos se lo espera uno.
Yo tengo mis amigos. Y gracias a uno de ellos he podido escribir este texto, que nace de un texto anterior, como si de un texto encadenado a su historia se tratase. Entre otras cosas, este amigo mío me ha mostrado una cierta idea de la experiencia de la lectura. He aprendido mucho de cómo leía él y de aquello acerca de lo cual leía. Que yo le reconozca lo que ha hecho por mí, quizá no le importa a nadie más que a nosotros. Pero cada vez pienso más que está bien que los demás sepan que ese sentimiento existe en uno, que es un sentimiento importante para la propia intimidad y cómo se constituye nuestro yo. Los otros no tienen por qué sentir lo que uno siente. Pero a mí sí me gusta que se lo imaginen. Que se imaginen lo que, de hecho, ellos mismos, quizá experimenten por sus propios amigos.
Esta última frase es un buen comienzo, aunque no sea la mejor frase del mundo: imaginar lo que sentimos. Aunque resulta extraña. ¿Acaso no basta con sentirlo? ¿Para qué imaginar lo que ya se siente, lo que ya se tiene, lo que ya se experimenta? Parece un ejercicio inútil, un sobreañadido a lo que ya se hace o se vive. Imaginar lo que sentimos. Lo que esta breve frase contiene tiene algo que ver con la lectura, y con lo que, al menos yo, pienso acerca de ella.
El filósofo Wittgenstein escribió en algún lugar que «para filosofar, hay que descender hasta el caos primitivo y sentirse en él como en casa». Esta breve cita fue recogida por el ensayista y crítico literario George Steiner en su libro Presencias reales. Esta obra de Steiner habla del encuentro con el arte: con la pintura, con la música, con la literatura. A lo largo de su libro, Steiner se pregunta qué ocurre de especial en cada uno de esos encuentros. Cuando leí por primera vez su libro, y leí la cita de Wittgenstein, recuerdo haberme preguntado qué hacía una cita como esa en un libro como el de Steiner. Después lo entendí, al menos eso creo. Para filosofar, como para entender lo que leemos, lo que vemos, lo que escuchamos, necesitamos disponernos para un encuentro directo con cada una de esas formas (libros, cuadros, sinfonías). Se trata de un encuentro directo, primario, absolutamente personal y, desde luego, arriesgado. No podemos predecir lo que nos ocurrirá después de esos encuentros y no podremos verificar objetivamente si lo que hemos entendido es lo que había que entender: ¿Quién nos garantiza la verdad de un significado estético! Lo que voy a decir sobre la lectura tiene que ver, de alguna manera, con el descenso al caos primitivo, con un viaje hacia el desorden, allí donde la vida fluye salvaje, caótica e intempestiva. Allí donde la distinción entre lo bello y lo horrible deja de ser, en ocasiones, una distinción conceptualmente necesaria. Allí, en definitiva, donde el lector y donde el espectador tienen que abrirse, definitivamente, a todo lo que pueda pasarles. Si alguien me preguntase ahora qué es lo que voy a defender, lo resumiría en tres ideas. Defenderé que el hombre es un animal que habla y que cuenta historias, pero que junto a lo que dice con sus palabras, transmite también lo que le resulta imposible decir: el silencio o el vacío del que nace la palabra que pronuncia o que escribe en la blancura del papel que otro lee. Así que toda lectura es también la lectura de un silencio, de los espacios en blanco que separan las palabras.
Defenderé también que el encuentro con los libros y con los textos, con las formas culturales, artísticas y estéticas, no necesitan pasar previamente por un arte de la interpretación establecida que se somete a unas reglas y a unos códigos o principios de procedimiento. Porque lo que necesitamos, sobre todo, es una erótica del arte: necesitamos aprender a ver más, a sentir más, a oír más. Diré que mi idea de la lectura tiene más relación con una poética del leer que con una política de la lectura, donde el leer es un espacio de abandono o un lugar de excepción donde quedamos automarginados de la vida desordenada. Y defenderé que el fin de la lectura es su epílogo (after-word), es decir, la posibilidad de ir después de las palabras y más allá de ellas. Diré que el fin de la lectura es que la lectura acabe y se reinicie de nuevo, para que miremos con otros ojos a quien tenemos al lado. Trataré de decir que el fin de la lectura es que la lectura se vuelva, en definitiva, imposible».
El texto completo de donde ha sido tomado este fragmento puede ser leído en: Fernando Barcena. “El alma del lector” 2012 Babel libros.
Libro disponible en Librería Rocinante.
