Antonio Muñoz Molina
«Mucho antes de que empecemos a aprender algo sobre los libros y las novelas ya estamos familiarizados con los artificios más sutiles de la ficción narrativa. Los libros pertenecen a las bibliotecas y a las librerías, las novelas son con frecuencia la materia prima para los hermetismos de la crítica. Pero la ficción está en todas partes, continuamente, es una parte de la vida diaria tan común como el aire que respiramos, y está tan arraigada en nosotros como nuestros recuerdos personales y nuestros deseos ocultos. Contar historias es un don tan natural como el instinto del idioma. Diferencias en el grado de maestrías que alcanza cada uno no pueden ocultar el hecho de que la mayor parte de nosotros somos narradores natos, de la misma manera en que el burgués de Moliere llevaba toda su vida hablando en prosa sin darse cuenta siquiera. Contamos historias, escuchamos historias, nos las intercambiamos continuamente con nuestros padres, nuestros amigos, nuestros amantes, con completos extraños con los que entablamos conversación en un tren. Cavilamos sobre el recuerdo de viejas historias y al recordarlas las modificamos, suprimiendo detalles menores e innecesarios o seleccionando los momentos más significativos, exactamente como hace un novelista. La memoria cuenta historias, pero también las cuenta el olvido. Y a veces llegamos a improvisar un relato sobre la marcha, buscando ocultarnos tras una mentira nada sólida, o por simple vanidad, para despertar en quien nos escucha una idea halagadora de nosotros mismos. Algunas de las historias que más nos importan las llevamos con nosotros a lo largo de nuestra vida entera, como esa novela inacabada lo bastante buena como para enviarla por fin al editor.
«Escritores infatigables que pueden no escribir ni una sola página, también somos lectores obsesivos, todos nosotros, incluso esa amplia mayoría de nuestros conciudadanos que nunca abren las páginas de un libro, de ficción o de cualquier otra cosa. Constantemente leemos historias no contadas mirando a las caras de los otros, y nuestro cerebro tiene una extraordinaria habilidad para intuir qué están pensando o sintiendo. A partir de los indicios que observamos en sus gestos o en el tono de sus voces intentamos imaginar la parte de la historia que está escondida detrás del silencio o del significado literal de las palabras que nos dicen. Uno es al mismo tiempo el autor y el lector de una novela de misterio y el astuto detective en busca de la clave del enigma, y también puede suceder que uno mismo resulte ser el malvado al que se desenmascara en la situación final. Con frecuencia rogamos que nos cuenten toda la verdad de una historia, pero otras veces preferimos escuchar una mentira antes que una verdad desagradable o temible. «Prefiero seguir soñando/ a conocer la verdad», cantaba Concha Piquer…»
El texto completo de donde ha sido tomado este fragmento puede ser leído en: MUÑOZ MOLINA, Antonio. La disciplina de la imaginación. Asolectura. Bogotá. Colombia. 2008.
