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Bolívar Echeverría

Para Margo Glanz

El lector escribe la obra una y otra vez

Jorge Luis Borges

I.

Más que contradecir a aquellos autores que hablan de la decadencia del libro y la lectura, se diría que la enormidad del número de nuevos títulos y lo millonario de sus tirajes –que uno observa desconcertado en las grandes ferias del libro. De Frankfurt a Guadalajara–  los lleva a reafirmarse en su convicción. Comparado con el aumento de la población mundial que debería ser lectora de libros resulta casi insignificante. Además, dicen, el asunto no es solo cuantitativo. Es la composición misma del mundo, de la vida del ser humano de nuestros días, el libro y la lectura ocupan un lugar cada vez menos determinante; los otros mass media  desarrollados en el siglo XX lo desplazan irremediablemente como instancia social de creación y modelación de la opinión pública.

El libro y la lectura, concluyen esos autores, son cada vez más cosa del pasado, y junto con ellos lo es también el tipo de civilización que ha girado en torno a ellos.

Y las pruebas abundan: el libro, por ejemplo, ha sido expulsado de la política; para participar en ella ya no se requiere ser “un hombre leído” o  “de libros”; por el contrario, el serlo resulta un obstáculo, es un “defecto” que hay que compensar con otras virtudes mediáticas de efectos demagógicos más contundentes. El político-ideólogo es un figura que corresponde irremediablemente al pasado. En otro ámbito, el desahogo sentimental ya no ocurre durante la lectura de la novela rosa, sino cada vez más ante la pantalla del cine o del televisor. Si tomamos la información científica de alcance popular, ésta se difunde de manera mucho más eficaz a través de programas televisivos que a través de libros de divulgación. Incluso, hay que decirlo, buena parte de la producción poética parece haber retornado a su imbricación arcaica con la música en los grandes espectáculos fomentados por los mass media. Todo, entonces, parece indicar que sí, por supuesto, que la lectura seguirá practicándose, pero ya solamente como proceso accesorio, acompañante  ocasional de otros medios de captación comunicativa.

Cabe, sin embargo, la siguiente pregunta: cuando hablamos de la decadencia del libro y la lectura, ¿qué es lo que lamentamos, en verdad? ¿Lamentamos  tan solo el estrechamiento del campo de vigencia de la lectura, la pérdida de importancia social de la lectura como vía de acceso del mundo a la conciencia?

Pienso que no, que lo que lamentamos es un hecho tal vez menos asible que el mencionado, pero más radical que él: lo que lamentamos en verdad es la amenaza de extinción de toda una especie: la del homo legens, el hombre que lee; lamentamos su ocaso, la amenaza de su desvanecimiento o desaparición.

II

¿Qué es el homo legens? El homo legens  no es simplemente el ser humano que practica la lectura entre otras cosas, sino  el ser humano cuya vida entera como individuo singular está afectada esencialmente por el hecho de la lectura; aquel cuya experiencia directa e íntima del mundo, siempre mediada por la experiencia indirecta del mismo que le transmiten los usos y costumbres de su comunidad, tiene lugar sin embargo a través de otra experiencia directa del mismo, más convincente para él que la anterior: la que adquiere en la lectura solitaria de los libros.

La existencia de esta especie, como es de suponerse, está bien documentada. Ya en el  siglo XVI, su presencia llamó la atención de la mirada paternalista de la corona española, preocupada por la salud psíquico- religiosa de sus súbditos; desde 1531 prohibe exportar “romances” e  “historias vanas” a las Indias, pues “tornan borrosa en los lectores la frontera entre lo real e imaginario”.

Puede decirse que el ejemplar más desatado de la especie homo legens pertenece al reino de la ficción, es Don Quijote, cuyo amor al mundo terrenal, lo lleva a salvarlo del estado en que se encuentra reconstruyéndolo en lo imaginario. Don Quijote expondrá a través de su trato exagerado con los libros de caballería,  el programa vital de sus congéneres en el mundo real.

La  presencia del  homo legens se amplía y consolida a partir de la segunda mitad del siglo XVIII. Su auge comienza durante el tránsito de la Ilustración al Romanticismo, en la época de la lectura llamada “empática” y se mantiene a lo largo del siglo XIX. Lo que muchos llaman su decadencia parecía  comenzar a mediados del siglo XX.

III

¿Cuál es el secreto de la fascinación que ejerce la lectura y que constituye al homo legens? ¿Qué se esconde tras la “manía lectora”,  la “pasión del leer”,  el “vicio de la lectura”, el estar subyugado por el texto, por el habla escrita?

Considerada como si fuera una representación del escuchar, y comparada con éste, la lectura tendría sus pros y sus contras: sería más efectiva pero también más pobre. Por un lado, permite al lector-receptor perfeccionar el procedimiento para descifrar el mensaje compuesto por el autor-emisor, por cuanto le da la oportunidad de administrar la llegada del mismo: el lector puede interrumpir su lectura y recomenzarla a voluntad, puede alterar la secuencia propuesta para ella (saltando hacia adelante en la paginación del libro) o puede repetirla, sea en todo o en parte (retrocediendo selectivamente en la paginación). Lleva sin embargo, por otro lado, a que el lector-receptor pierda la riqueza perceptiva propia de la experiencia práctica del acto de habla oral realizado por el emisor:  el desciframiento del mensaje lingüístico es sacado de su interconexión con otras vías comunicativas  y sobre todo arrancado de la interacción inmediata, lo mismo con el hablante-emisor que con los otros oyentes ( a través de la reverberación que provocan en él), que el habla oral implica necesariamente como la performance única e irrepetible que es; lleva a que se pierdan datos visuales y táctiles propios de la densidad comunicativa  de la palabra viva, en la que entra sobre todo el juego con los tonos de voz, con la gestualidad que los acompaña, con el estado físico y social del contacto que la posibilita.

Estos serían pros y contras de la lectura respecto de la recepción directa del habla oral, cuando se la considera solamente como una especie de transcripción de ésta. La lectura, sin embargo, no es esto –nos recuerdan, entre otros, Foucault y Derrida–; no es una mera “representación” de la vía oral del descifrar lingüístico, sino algo del todo diferente de ella, una vía autónoma alterna de ese mismo descifrar. Leer es otra cosa que escuchar la palabra del que habla, no se reduce a ser una reproducción técnicamente mediada de ese escuchar[i].

Puede decirse que la posibilidad de ser escrito es constitutiva del lenguaje. Exagerando un poco, sería como si toda habla oral fuera una escritura in nuce, mirada prospectivamente, o una escritura “disminuida”, mirada retrospectivamente. Todo decir será ya una “proto-escritura”, en la medida en que logre escapar de alguna manera a la fugacidad de la palabra, a lo evanescente del contacto lingüístico (esto es, del estado acústico de la atmósfera y del “rumor” social en que se da). Igualmente, todo escuchar de una palabra será un “leer”, en la medida  en que el receptor alcance a distanciarse, por la fracción de un instante, de la presencia oral del emisor. El lenguaje es la realización culminante del rendimiento de un sistema semiótico; de manera parecida, la escritura es la realización culminante del rendimiento del habla.

En efecto, el dominio sobre el proceso de desciframiento del mensaje, sobre el hecho de que acontezca o no, de que suceda o no, y más que nada sobre la velocidad a la que acontece, esto es, sobre el ritmo de tal desciframiento, abren la posibilidad de que la lectura,  en lugar de ser un acto de desciframiento  único y en un solo sentido –como el de la recepción irrepetible que hace el receptor cuando es tan solo escucha  de lo que envía el emisor-hablante–,  se multipliquen en una sucesión vertiginosa de actos virtuales de interlocución de comunicación de ida y vuelta, entre las innumerables parejas inherentes a esta relación  autor-lector. En efecto, con sus perplejidades, sus resistencias, sus dudas, sus disenciones, el lector responde a un autor virtual, que él supone ad hoc precisamente con esas reacciones suyas; un autor virtual que responde a su vez, que muestra al lector aspectos cada vez nuevos, inicialmente insospechados, incluso, en ocasiones inexistentes en el texto del que ha sido colocado como autor.  En su ritmo autónomo,  la interlocución dialogante que aparece entonces hace de la lectura un proceso en el que el lector es todo menos un descifrador pasivo, un mero receptáculo de información nueva. La mal llamada “femineidad del lector”, su actitud “obediente” y “generosa” ante el donador impositivo y caprichoso, “masculino”, que sería el autor, es algo que no existe en verdad. No cabe duda de que, en general, el emisor-cifrador y el receptor-descifrador se sirven de una manera completamente diferente del código que tienen en común: el primero lo emplea de manera activa para desatar  hecho comunicativo; para él es el instrumento de su voluntad de explorar el contexto y apropiarse de él a fin de entregárselo al segundo. Éste, en cambio, lo aplica pasivamente, en el grado cero de la voluntad, para dejar que el hecho de la comunicación actúe sobre él. Pero en el hecho de la lectura el lector no solo acepta la propuesta de un uso concreto del código, que es lo primero que realiza el emisor-autor, más allá de sus intenciones explícitas. El receptor-lector se apodera de esta propuesta y la explora por su cuenta y a su manera, incitando con su inquietud inquisitiva a que el autor adquiera una vida virtual y entre en un proceso de metamorfosis. Tal es el carácter activo del descifrador-lector, que su lectura desata un proceso en el que, al reaccionar con preguntas frente a lo descifrado en el texto y provocar para ellas respuestas inesperadas del autor virtual, el autor y el lector se crean mutuamente, despliegan potencialidades de sí mismos que no existirían fuera de dicha lectura. El hecho de que el lector se constituya en una especie de “creador” del emisor-autor se documenta con la decepción que suele despertar el autor de carne y hueso en sus lectores cuando, enfrentando a ellos, no alcanza a representar adecuadamente, como sucede las más de las veces, el papel de aquel autor que ellos han supuesto en los libros escritos por él; decepción que solo es vencida por el fetichismo de esos mismos lectores, que necesitan un referente tangible para su ilusión.

Esta es la virtud secreta del acto de la lectura. Por ello es perfectamente comprensible no solo la fascinación incomparable que él despierta sino el hecho que en torno a él haya aparecido en la modernidad toda una especie de ser humano, el homo legens.

IV

El aparecimiento del homo legens  puede rastrearse ya en el mundo antiguo, igual que los inicios de la modernidad. Pero su presencia madura y generalizada es un fenómeno tan reciente como la afirmación definitiva de la modernidad en el siglo XVI.

Se trata sin duda de un hecho de primer orden en la historia de la cultura. Los libros heredados,  lo mismo los religiosos que los de la tradición clásica pagana, pasan a ser examinados con paciencia y pasión por cualquier miembro de la sociedad civil; a ellos se juntan, en número cada vez más creciente, nuevos libros que vienen a satisfacer y al mismo tiempo a fomentar una demanda de lectura que parece no tener límites. El efecto potenciador que este hecho tiene sobre el uso reflexivo del discurso por parte de la sociedad es innegable. Decidir sin tutela, a partir del juicio propio: este postulado kantiano del comportamiento que debería ser propio del individuo ilustrado, solo se vuelve realmente posible con el apogeo  del homo legens, sobre todo a partir del siglo XVIII.

Hay sin embargo indicios de que esta proliferación del homo legens no venía únicamente a satisfacer la necesidad de potenciar las posibilidades de la cultura; datos que permiten afirmar otras fuerzas, menos afectas o de plano hostiles a la vida, se encontraban también en juego en este proceso.

Indicios que darían la razón a Walter Benjamin cuando afirmaba que “no hay documento de cultura que no sea al mismo tiempo un  documento de barbarie”.

En la formación del homo legens podemos reconocer una respuesta espontánea de la sociedad a las condiciones de vida que se estructuran en la modernidad capitalista y en especial a la masificación del sujeto social, del individuo colectivo; masificación que implica la heimatlosigkeit  (pérdida de comunidad) de la que hablaba Heidegger, el hecho de que los individuos singulares sean puestos en el desamparo, a la intemperie se encuentren desprotegidos, faltos de un cuerpo social, un lugar y un mito compartidos, que los ubiquen con un sentido ante el enigma de la existencia.

El homo legens  es una modalidad del individuo singular moderno en su consistencia prototípica, es decir, como individuo abstracto, como ejemplar individual de la clase de los propietarios privados, cuya aglomeración amorfa y carente de voluntad propia constituye a la masa de la sociedad civil. El individuo singular moderno, surgido históricamente de una devastación, es un individuo que ha quedado desprovisto de la identidad arcaica o tradicional de sus antecesores, individuos comunitarios, pero que está sin embargo condenado a  buscar una configuración concreta para su convivencia con los otros. Pese al carácter abstracto de sus constitución, no puede renunciar a un trato con los otros que implica entablar con ellos relaciones de interioridad o de reciprocidad en libertad, relaciones que implican para él una presencia de los otros como objetos de su pretensión de transformarlos y como sujetos de una pretensión de ser transformado que percibe gravitando sobre él.

No es de extrañar que, en la historia del mundo del mundo occidental, el homo legens haya extendido y fortalecido su presencia especialmente en la Europa que pasó por la revolución cultural del protestantismo y que, en cambio, su generalización en la Europa católica, tanto mediterránea como americana, haya enfrentado dificultades, que se mantienen hasta ahora. Es la revolución del protestantismo la que liberó a los fieles de toda pertenencia a una empresa común, eclesial, concretamente identificable, como pretende ser la empresa del cristianismo católico romano; es ella la que preparó el advenimiento y acompañó la constitución de ese individuo singular abstracto que encontramos sobre todo allí donde la modernidad capitalista se ha impuesto de la manera más consecuente, sin titubeos ni concesiones. El homo legens es escéptico respecto de la concreción que la sociedad de la modernidad capitalista cree poder dar a la vida de las masas de propietarios privados, como sustituto de la concreción que tenía la vida en las comunidades o las iglesias perdidas; percibe lo ilusorio de la identidad prometida por la comunidad nacional. En contraposición a ella, prefiere la comunidad virtual que se esboza en su relación con  ese autor que él adjudica al libro que lee. Puede decirse, en ese sentido, que el homo legens  colabora pero a mismo tiempo, paradójicamente, contradice le proceso de pulverización del sujeto social de la comunidad arcaica o tradicional.

Pero esta no es la única ambivalencia del homo legens.

La formación del homo legens hace parte del proceso de compartimentación y depuración del tiempo de la vida cotidiana que tiene lugar en la modernidad capitalista. Guiada por el principio de la producción por la producción misma, la modernidad capitalista ubica en un lado el tiempo propio de la producción o trabajo y en otro el tiempo del disfrute o de la restauración de la fuerza del trabajo.

Concentra exclusivamente en el primero,  en el tiempo productivo, la actividad requerida por el manejo de los medios de producción para la consecución del producto o la riqueza, y lo protege de toda impureza que pueda pervertirlo y obstaculizar o estorbar esa actividad.

Relega en el segundo, en el tiempo de la restauración de la fuerza de trabajo, toda la actividad dirigida a romper el automatismo de la rutina productiva y a cultivar la creatividad de formas, que es el rasgo distintivo de la humanidad de lo humano.

Es el tiempo destinado exclusivamente a la actividad improductiva en términos económicos, la que se encauza en la producción de experiencias lúdicas, festivas y estéticas.

Como dice Roger Chartier:

ahora, tanto la tarde como la noche podían emplearse como tiempo de ocio aprovechable para el disfrute de la lectura. La concepción del tiempo de la burgusía sufrió un cambio: con la división y “compartimentación” del tiempo y de la  vida cotidiana aprendieron también a pasar sin esfuerzo de los mundos fantásticos de la lectura a la realidad, con lo que también se redujo el peligro que entrañaba el contacto entre las diversas esferas de la vida[ii].

 

El homo legens  es el que más respeta la separación y depuración modernas de los dos tipos de tiempo cotidiano, el puramente productivo y el puramente improductivo. Pero su respeto es convertido por él en un modo de exaltar la función especial que les corresponde al juego, a la fiesta, y al arte y que están impedidos de cumplirla adecuadamente, dado su relegamiento en las afueras o los márgenes de la actividad productiva de la sociedad: la función que consiste en romper con el automatismo el bloqueo de la creatividad, propios de la rutina productiva capitalista. El homo legens  exagera a tal extremo esta separación, que se aleja de los demás y se recluye en el rincón más apartado; al hacerlo, sin embargo, introduce en su vida, la de ese individuo singular que recorre con su mirada la página del libro, la mayor de las confusiones entre el trabajo de la lectura y el disfrute de la misma, entre el consumo de lo escrito y la producción de lo mismo.

Pero es necesario tener en cuenta que el homo legens, el que disfruta en solitario su relación con el libro, no está presente por igual entre todo el público lector, entre todos los que practican regularmente la lectura. Aunque parezca extraño, no todo el que lee es un homo legens.

En efecto, ya en la segunda mitad del siglo XVIII, en la época de la “fiebre de la lectura”, de la “manía lectora” que se extendió sobre casi todo el cuerpo social en Francia, Inglaterra y  Alemania, Reinhard Wittmann[iii] observa una tendencia espontánea pero firme de la sociedad más modernizada a salvar para la vida productiva un cierto tipo de lectura, sacándolo del tiempo destinado a las actividades improductivas, de recreación y de ruptura de la rutina automática, y reintroduciéndolo  en el tiempo dedicado al trabajo y a la producción. La sociedad capitalista de entonces fomenta la lectura, pero no cualquier lectura. Distingue claramente entre, por un lado, la lectura “contenida” o “útil”, sucesora de la lectura edificante tradicional, y, por otro, la lectura “indiscriminada” o “sentimental”, sucesora de la lectura “de embelezo”, aquella que había sido condenada por las autoridades españolas en el siglo XVI.

Obedeciendo a una preocupación por el progreso de la nación, se da ánimo a la primera, la lectura “que informa”. Mientras se reprime a la segunda, la que “solo entretiene”, considerando que esta, aunque apropiada para compensar las limitaciones de la vida, “mantiene a los lectores en la ignorancia y la inmadurez” y “despierta vicios que contravienen a la ética del trabajo”.

Escribe Chartier: “Debido a que anulaba la separación entre el mundo del texto y el mundo del lector, y porque aportaba una fuerza de persuasión inédita a las fábulas de los textos de ficción, la lectura silenciosa poseía un encanto peligroso. El vocabulario la designaba con los verbos del arrobo: encantar, maravillar, embelesar. Los autores la representaban como más apta que la palabra viva, recitante o lectora, para hacer creíble lo increíble.”

Frente a este tipo de lectura, que es “escapista y narcotizante”, según Fichte, que se hace “solo para matar el tiempo” y que “traiciona así del modo más vil a la humanidad, pues rebaja un medio hecho para alcanzar cosas más altas”, el Siglo de las luces exaltó un tipo de lectura diferente, al servicio (cito a Wittmann):

del autoconocimiento y del raciocinio…La lectura, para la que la burguesía reservaba por fin el tiempo y el poder adquisitivo necesarios, (…) elevaba el horizonte moral y espiritual, convertía al lector en un miembro útil de la sociedad, le permitía perfeccionar el dominio de las tareas que se le asignaban, y servía además al ascenso social. La palabra escrita se convirtió, con ello, en un símbolo burgués de la cultura.[iv]

A tales  excesos llegó la promoción de la lectura como instrumento de progreso en la Europa occidental, que una inquieta observadora polaca de la época,  Luise Mejer,  llegó a expresar sus sorpresa en los siguientes términos: “Aquí se ceba a las personas con lectura, como entre nosotros se ceba a los gansos”.

El homo legens no lee “para superarse”, como lo hace el  lector de la Ilustración, pero tampoco lo hace para matar el tiempo o para curarse algún mal del alma, como el  lector “sentimental” o de empatía; el homo legens lee “por puro placer”. Para él la lectura no es un medio que vaya a llevarlo a alcanzar un fin sino un fin en sí mismo.

Expresión del proceso moderno de construcción del individuo singular abstracto, pero al mismo tiempo revuelta contra ese mismo proceso; obediente de la disposición moderna que separa el tiempo de la rutina del tiempo de la libertad, pero al mismo tiempo transgresor de la misma, el homo legens es ambas cosas a la vez: un documento de la “barbarie” moderna y un documento de su “cultura”.

V

¿Es en verdad el homo legens  una especie en peligro de extinción?

Esa pregunta, en mi opinión, debe  ser precedida por otra, que permite aclarar la situación y acotar el problema. Y esa pregunta es: ¿el destino negativo del libro y la lectura es en verdad signo de la desaparición del homo legens o indica solamente el hecho del destronamiento, de la pérdida de poder, de un cierto uso del libro y la lectura?

En efecto, lo que se tambalea con el redimensionamiento del libro y la lectura que ha traído consigo la consolidación abrumadora de los nuevos medios de comunicación, introducidos en el siglo XX por el progreso de la técnica, es el uso tradicional, canonizador y jerarquizante, de los libros y la lectura; un uso que ha servido durante tantos siglos a la reproducción del orden y la jerarquía imperantes en la sociedad de la modernidad capitalista.

La sociedad de nuestro tiempo ha comenzado a usar el libro y la lectura de una manera diferente: desordenada, caótica, ajena al “modo de empleo” y a los cánones no solo aconsejados sino impuestos por los sistemas educativos nacionales del siglo XIX. Este fenómeno, ambivalente en sí mismo,  que bien puede acelerar el hundimiento en la barbarie, pero que igualmente puede prometer una relectura creativa y democrática de la herencia cultural, es el que los alarmistas presentan como una muestra de la decadencia de ese tipo especial de ser humano que es el hombre que lee.

El homo legens  no es una especie en extinción, ni lo será por un buen tiempo. Su existencia, como veíamos, depende de la existencia del tipo de individuo singular instaurado por la modernidad capitalista, el de todos los que pertenecemos a la sociedad de masas, y la existencia de esta modernidad, incluso sacudida como está por crisis que la cuestionan radicalmente, parece estar asegurada todavía por abundantes recursos de supervivencia.

Aparte de esto, me atrevo a suponer que, incluso su alguna vez el individuo abstracto de la sociedad de masas moderna llega a ser sustituido por otro de algún tipo nuevo, no arcaico o regresivo, de individuo social concreto, el homo legens perduraría, como mutante, si se quiere, pero fiel a su arte de hacer del desciframiento de un texto un acto de tránsito al vislumbre de la multiplicidad de mundos posibles.


[i] Puede afirmarse incluso, en el mismo sentido en que Karl Marx decía que “la anatomía del hombre es la clave de la del mono”, que “Para saber cómo está hecha la lengua, primero hay que escribirla, y no a la inversa”. (Safouan, L’inconacient et son scribe. 1982, p. 7).
[ii] Lecturas y lectores “populares” hasta la época clásica, en: La historia de la lectura en el mundo occidental p. 519.
[iii] ¿Hubo una revolución en la lectura a finales del siglo XVIII?, Op. cit. p. 482.
[iv]  Reinhard Wittmann en: Historia de la Lectura, p. 502.