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 …hay mucha literatura infantil en América Latina

y muy poca literatura para niños

Jorge Enrique Adoum

Breve historia de la historia breve

Antología esencial Ecuador siglo xx

 

1. Los niños no son los culpables de la literatura infantil

La literatura es el trabajo deliberado del artista por trans-formar alguna nebulosa almacenada en su naturaleza —mitos, sueños, emociones, ideas, imaginarios, visiones— en una otra naturaleza, la del discurso literario, mediante el oficio de la escritura y su difusión social. Por tanto, para evitar equívocos, vamos a enfatizarlo de una vez: la llamada literatura infantil es la escrita para niños, no por niños. Algunos docentes o padres de familia podrían exhibir textos producidos por el azar cuando no por la inducción, influencia y hasta imposición de ellos sobre algún nóvel e inocente «autor». Pero no me refiero a esas excrecencias porque en la literatura no hay propósitos fortuitos ni inocentes, y si bien el azar es padre de algunos aciertos, a decir verdad, desde el tiempo de Arquímedes todo eureka ha sido buscado.

Esto no quiere decir que en la biografía de los hombres y de las sociedades no existan expresiones infantiles del arte o, inclusive, un arte inocente, naif. Ya Picasso lo decía: «he pasado 80 años tratando de dibujar como los niños».

Pero unas son las comprensiones ingenuas del mundo y otras las obras escritas deliberadamente para niños o endosadas a ellos bajo el genérico de «infantil», que desahucia de este modo a todo lector que no sea niño.

En el mundo editorial circulan varias piezas escritas en prosa o en verso cuyos destinatarios principales ahora quieren que sean solo los niños.

 

2. La moraleja es un discurso autoritario

Todas las mitologías y cosmogonías, que en su tiempo fueron concebidas como las formas de explicarse el mundo, hoy posiblemente resultarían lecturas infantiles aburridas o faltas de imaginación para niños que manejan de manera natural explicaciones científicas, sencillos pero prodigiosos avances de la informática o imágenes acerca del más allá —más allá que cada vez es más acá, pues, ahora, es mensurable por teleondas o fotografías vía satélite—; pero a unas y otras lo que les distingue no es el asunto sino el alcance de su contenido, es decir, la singularidad de su lenguaje. Mientras todos los lenguajes informan o explican, comunican o enseñan, el lenguaje artístico «ens(u)eña», pues, como dice Gaston Bachelard, «una ensoñación, a diferencia del sueño, no se cuenta. Para comunicarla, hay que escribirla. Escribirla con emoción, con gusto, reviviéndola tanto más cuanto se la vuelva a escribir». El lenguaje de la ensoñación permite volar, levitar, lo cual debe llevarnos a recordar una importante característica del arte en general: la imaginación, la ensoñación, son parte de la realidad y viceversa. Pero ellas también están presentes en la asimilación, por eso los lectores deben ser participativos, creativos, no meros recipientes.

El fin primordial de la literatura infantil debe de ser el de ayudar a fijar la lengua mediante el entretenimiento fecundo, no el de convertir al niño en adulto antes de hora, por ello, aunque parezca paradógico, al niño no hay que minimizarlo hablándole como a niñín o escondiéndole el mundo real, sino participándole toda la riqueza del lenguaje que es la riqueza de la vida. Usar palabras imprecisas o huecas es una forma de mentirle, de mentirnos.

En la infancia se fijan las palabras inolvidables y con ellas los comportamientos básicos, no al revés. Los esmeros de la literatura infantil —así como el de los padres al hablarles a sus hijos— deben enderezarse hacia la apropiación del lenguaje por parte del niño y no hacia el utilitarismo de forjar una conducta. La moraleja es un discurso autoritario, quita la palabra al niño, la reemplaza por la inhibición y la mojigatería.

 

3. Como los niños no pueden escribir su literatura, ¿hay que darles escribiendo?

¿Algo así como sucedía con el indigenismo que inventó la escritura de una chaupi lengua basada en la fonética de un español hablado mal y «malhablado» que, sin embargo, nunca estuvo dirigido a sus personajes fundamentales (indios y patrones) sino a los mestizos, a esa masa de letrados que había producido el laicismo y que debía tomar partido a favor de los unos y en contra de los otros, que, en efecto, llegó a tomar partido en las páginas de una saga magnífica de novelas aunque no en la vida, porque como el propio Icaza en frase sardónica decía: «no hay peor indio que el que no admite serlo ni peor patrón que el que aspira llegar a ser». Debieron pasar décadas para que ese indigenismo basado en la problemática social alrededor de la tenencia de la tierra llegara a ser una autoconciencia que mire el problema del indio desde una perspectiva de la lengua, de la cultura, de la nación.

Si bien los escarceos de la literatura infantil se parecen a los escarceos del habla de los niños, en buena hora no tuvo que inventarse una grafía que imitara esa habla de guagua shimi, y deberá aceptar el desafío de escribirse ella misma como se escribe la buena literatura: con toda la lengua, porque ésta va más allá de las palabras, o de las medias palabras. En literatura las palabras siempre son palabras y media, dicen más de lo que aparentan.

Es que por mucho tiempo la literatura infantil se concentró no en la luminosidad del lenguaje sino en lo autoritario de él, en contenidos edificantes que, aunque muy llenos de palabras, resultaban vacíos, vacíos al menos de niñez.

La creatividad de los niños se expresa en sus juegos y en sus travesuras. Por tanto, la literatura infantil debe —y en muchos casos ha conseguido— guiarse por esos móviles de creatividad para producir algo digno de ellos, pues el escribir bien, con corrección, no basta, porque muchas veces el orden de las palabras solo apuntala las palabras del orden. A ese proceso de ordenamiento y adaptación al mundo algunos lo llaman «educar», otros simplemente «amoldar»; la literatura infantil ha sido una de sus tantas herramientas, despojándose, de este modo, del carácter lúdico, perturbador, que tiene todo arte. Es que la llamada literatura infantil no puede ser inocente. Por el contrario, es, como todo arte, perversa en el sentido lato del término: «perturba el orden y estado de las cosas» (drae).

 

4. La literatura es una sola, pero el mercado la divide en bocados para que comamos toda la salchicha

Si bien creo que la literatura es una sola y no se la debe poner en compartimentos estancos, debo admitir que esas clasi-ficaciones han sido impuestas más por un tesaurus comercial que literario.

La literatura es una sola, pero el mercado la ha dividido en bocados para que comamos toda la salchicha. La literatura infantil es, pues, una demanda del marketing antes que una necesidad de los niños, a quienes no solo induce sino que impone lo que ha de leerse, restándoles la posibilidad de acceder a la buena literatura. En alguna ocasión he referido que la primera novela que «leí» fue Los miserables cuando tenía siete u ocho años. La leí por boca de mi padre (él me leía para que yo me durmiera y yo le exigía que siguiera leyendo para que no se durmiera). No la he vuelto a leer para conservar la emoción que ella me produjo y para conservar intacto el sentido de justicia que otorgó a mi vida. Desde entonces sé de qué lado debo estar en el mundo.

 

5. La literatura infantil no inventa lectores porque los tiene ahí cautivos

Así delimitada, a la literatura infantil muchos la convierten en un subgénero o subliteratura y, por ello, otros la miran por encima del hombro junto a otras artificiales minorías raciales del mundo literario como lo son el cómic, la novela policial, la ciencia ficción, el triller, la novela rosa, la fotonovela, el guión, el libreto, etc.

Porque así como el mercado produce no solo productos para los consumidores sino consumidores para los productos, así la literatura no solo inventa historias sino lectores para esas historias. Pero la literatura infantil, en cambio, no inventa sus lectores, los tiene ahí «cautivos» —para emplear un término asaz mercantil cuanto irónico— en su condición de niños, de tabla rasa, sin formación ni pasado, con diferencias que no son las verdaderas, que son inocuas por artificiales, pues si todos los niños fueran estándar, ¿para qué averiguar el sexo de los ángeles?

El escritor argentino César Aira, después de referirse a la aversión que sentía Borges por la literatura infantil, dice: «Razonando mi propia aversión por la literatura infantil, yo agregaría que lo que la hace subliteratura es que no inventa a su lector, operación definitoria de la genuina literatura, sino que lo da por inventado y concluido, con rasgos determinados por la sospechosa raza de los psicopedagogos: de 3 a 5 años, de 8 a 12, para preadolescentes, adolescentes, varones, niñas; sus intereses se dan por sabidos, sus reacciones están calculadas. Queda obstruida de entrada la gran libertad de crear al lector, y hacerlo niño y adulto al mismo tiempo, hombre y mujer, uno y muchos».

Alguien ha hecho notar que en la cultura occidental el niño existe desde que es tomado en cuenta como brazo de trabajo o como boca onerosa a la que hay que alimentar, etc. Esto entraña varias consideraciones: la literatura, y el arte en general, son contestatarios al sistema por ser producción no enajenada; mas, para que el texto exista tiene que ser leído por otro, es decir multiplicado, difundido socialmente, por lo cual las ideas toman la forma de libro (mercancía) y deben someterse a las leyes del mercado. La literatura es parte de la lucha ideológica, no tanto por la disputa que pueda desatarse entre las ideas expuestas a través de ella, sino por la relación en la que entran esas ideas con el mundo concreto. La literatura infantil no escapa a esas leyes generales de la sociedad. Aparece cuando el niño se vuelve parte del mercado a través del poder adquisitivo de sus padres o como una inversión comercial/ideológica a largo plazo.

 

6. ¿La infantil es una literatura light destinada a los niños?

La literatura infantil, en verdad, parece una literatura light destinada a los niños. Esto que digo, de ninguna manera, es algo peyorativo. Es la única poética posible para una práctica que «es más industria que género».

En general, diría que son tiempos aciagos, de desconcierto, días de nada y vísperas de mucho. La sabiduría milenaria de nuestros pueblos ha sabido vencer todas las hostilidades para vivir, para crear. Si queremos crecer, hay que resistir nutriéndose de lo propio y abriéndose a lo plural, a lo valioso más que a lo nuevo por el simple hecho de serlo. La mejor forma de progreso es tomando impulso en lo que existe, no afirmándose en el aire. No solo el árbol necesita de la tierra, también el pájaro. Es que no hay vuelo sin raíces como no hay savia sin polen. «Que nada vale tanto como una raíz en trance de otra».

 

7. No existe una literatura ecuatoriana para niños

No existe como un corpus que se diferencie de otras litera-turas infantiles, como la novelística norteamericana se diferencia de la francesa, la gótica de la romántica, o la novela policiaca cubana existe en la medida de constituir una propuesta propia dentro del género. No existe ni siquiera como un corpus sostenido en el tiempo, singularizado como tal, que haya sido concebido, desarrollado y difundido «a la ecuatoriana» como literatura para niños y cuya constatación esté dada por la presencia de generaciones dedicadas a cultivar este género y no por alguna golondrina en nuestra panorámica o en la obra de algún autor, conocido no precisamente por haber escrito alguna estrofa para niños, tal el caso de Juan Montalvo, José Joaquín de Olmedo o varios de quienes usualmente aparecen como perlas en antologías de literatura infantil.

Así, pues, no existe como un corpus deliberado, como algo claro y distinto, escrito con la intencionalidad de hacerlo para niños ecuatorianos. Y está bien que no exista en esta medida. Que yo sepa ninguna literatura toma su patronímico por el de los lectores al que va destinada. Pero además, no existe porque, incluso desde este nominalismo, se trata de un fenómeno nuevo.

 

8. Una literatura para niños de uno a cien años

Dentro de una sostenida superación de nuestra literatura, la infantil se ha desarrollado como un fenómeno nuevo. Un grupo importante de narradores, pero sobre todo de narradoras, ha dejado a un lado lo pedagógico, la moraleja y el patrioterismo de frontera para consolidar una narrativa sin complejos para niños de cualquier parte, de todas las edades, de uno a cien años como dice la seductora y siempre grata propaganda de los circos; la actual literatura infantil es una literatura bien escrita aunque todavía atravesada, en algún caso, por un maternalismo dialéctico o una militancia de abuela. Lo relevante de estas autoras no es la pertinencia temática sobre lo nuestro —ya sea recorriendo imaginariamente el país, remozando viejas tradiciones urbanas o ambientando sus ficciones en entornos pluriculturales propios como los de la negritud y otras minorías—, sino haciendo de esa temática una aleg(o)ría válida para cualquier lector, ecuatoriano o no, sin condescender y siempre tomando en cuenta ese entretenimiento que es fecundo cuando es vida y lenguaje o, mejor, cuando su lenguaje es vida.

 

9. El cuento infantil por su origen está ligado a la gráfica

La poesía y el cuento son los géneros más antiguos en el devenir de las culturas. El primero, de origen oral, nació ligado al ritmo mientras tundían el mojo de las primeras cosechas; también en el devenir del individuo la poesía es tempranera y está ligada a las nanas y arrullos de la madre. El cuento, en cambio, tiene un origen gráfico al haber dejado en las cuevas el testimonio de la caza, es decir, de las primeras aventuras dignas de ser contadas. Sin embargo, la poesía y el cuento impresos para niños —y por tales hay que entender no solo la letra impresa sino la ilustración que la reifica— tienen un aparecimiento no solo tardío sino reciente. Es que el cuento infantil ha retomado ese origen y cada vez está más ligado a la ilustración y la gráfica. No se puede hablar de literatura infantil sin pensar en los artistas que germinan la palabra con sus dibujos y embellecen los libros con sus diseños, al punto que, una parte de esa literatura, aquella destinada a los preescolares, no lleva texto, o muy poco, puesto que es eminentemente gráfica. Esto puede ser tema de largas disquisiciones, ¿puede haber una literatura sin letras?, ¿dónde están las palabras, en los diccionarios o en las mentes?, ¿las palabras son los envoltorios de las ideas aún antes de formularlas? Una letra puede y no puede ser el trazo incompleto de una idea, un dibujo puede ser una palabra o más que una palabra. Puede ser, como muchos caracteres chinos, el retrato de una idea. ¿Por qué nos llegan los caracteres chinos que usó Ezra Pound?

César Aira, en su plan de fecundo provocador, lamenta que «la industria editorial haya reservado para el ramo infantil las mejores flores de su ingenio e invención en el aspecto físico de los libros. «Los de adulto, los que yo compro y leo (y ¡ay! escribo), son objetos convencionales y aburridos, siempre iguales, hojas y tapas; las innovaciones y sorpresas las encontramos solo en la sección infantil de las librerías, donde por supuesto no encontraremos nada que valga la pena leer. (…) Ahí, desperdiciados en los niños que tienen sus propios juguetes, están los juguetes que nos gustaría tener: libros acordeón, libros de tela, con ventanitas en las páginas, desplegados, desplegables, transparentes, con ruido, transformables, impresos con tinta invisible, libros origami, elásticos, y los famosos flipbooks o folioscopios».

 

10. ¿Qué hacer como autores dentro de estas contradicciones?

Para que exista, sobreviva y tenga la fuerza suficiente para superar incluso las aparentemente ineluctables leyes del mercado y transitar por las menos rígidas y sorprendentes del arte, la llamada literatura para niños debe empezar por ser literatura y el país tiene que empezar por ser un país que ame y respete a sus niños. Si no hay una moral, una conducta que privilegie a los niños de todas las condiciones sociales, de todas las nacionalidades y culturas que conviven en un país multinacional y pluricultural como el nuestro, que respete sus derechos, que los considere como personas y no como proyectos de personas, que respete su mundo y no trate de imponerles el mundo y los valores de los adultos, si no hay todo eso, digo, cualquier literatura para niños que exista no pasará de ser una entelequia, a lo sumo un eufemismo, un carmín sobre el labio leporino de la sociedad.

El momento de la literatura infantil en Ecuador es un mo-mento interesante. Sus cultores y cultoras vienen bregando hace años y van encontrando aciertos memorables. No son recién llegados que tratan de instalarse en el mercado a cambio de todas las concesiones, no son noveleros deslumbrados por la moda. En la medida en que tomen conciencia de ello, descubrirán otras consideraciones que les permitirán ubicarse en el ámbito literario antes que en el fácil del éxito comercial. Quiero señalar algunas con el ánimo de enriquecer lo promisorio y con el mayor respeto a quienes incursionan, no digamos en este tipo de literatura sino en este registro de la literatura, particular y natural como el timbre de la voz de un cantante:

Que ante todo sea literatura, que se respete a sí misma, que tenga calidad, pues, como decía el Che, la calidad es respeto al otro.

Que entretenga, divierta.

Debe ampliar la experiencia de vida del niño, del joven y de los padres.

La variada temática de la literatura infantil puede abordar otros asuntos, es decir, otras y variadas palabras para esos nuevos asuntos.

Debe considerarse un elemento crítico, dinámico, polisé-mico, abierto, un vehículo entre el lector infantil y la cabal comprensión del mundo que hará el ciudadano por medio de procesos de abstracción y decodificación de otros lenguajes y lecturas.

La última condición tiene que ver no solo con los autores sino con los editores. Ya no puede concebirse un texto para niños sin el amparo de la imagen, del color, del grafismo. Sobre esta condición existe un límite dado por el encarecimiento del proceso editorial (cada libro a todo color equivale a imprimir cuatro libros). Tendrán que crearse políticas editoriales en las que se consideren estímulos para los editores de literatura infantil a fin de que puedan presentarla con la dignidad que se merece, a fin de que no caigan en la blasfemia de mutilar obras y hacer de esas mutilaciones versiones «para niños», ni que remocen tradiciones y leyendas recogidas por otros sin señalar las fuentes de donde fueron tomadas. Pero además habrá que pensar en políticas que democraticen la lectura y el acceso masivo al libro en general. Si el editor contribuye con esta dosis de ética y de arte gráfico en la producción de esa literatura, no solo que habrá entregado lo mejor de él a los niños; no solo que habrá aliviado su conciencia de marchante sino que —como el jardinero— habrá contribuido para que el mundo sea menos feo.